
El investigador Joan Girona fue testigo y parte del nacimiento del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA). Ya entonces, Girona se enfocaba a investigar el uso del agua en la agricultura. Cuatro décadas más tarde, científicos de todo el mundo citan su nombre cuando publican artículos sobre el riego o sobre el viñedo.
Doctor ingeniero agrónomo, Girona impulsó hace 25 años un convenio entre el IRTA y Raventós Codorníu para experimentar con el riego en unos viñedos situados en tierras áridas: las de Raimat, propiedad de Codorníu. Hoy, en pleno cambio climático, las investigaciones realizadas en Raimat son fuente de inspiración dentro y fuera de Catalunya.
A pocos meses de su jubilación, le hemos entrevistado para entender mejor qué significa este convenio y para repasar su trayectoria. También le hemos pedido que nos ayude a mirar hacia el futuro.
¿Cómo empezó la colaboración con Raimat?
Estábamos en 2001. En el IRTA habíamos conseguido financiación para un proyecto de riego en viñedos tras tres años persiguiéndolo. El entonces director general, Josep Tarragó, habló con los responsables de Raimat. Nos reunimos, y su acogida fue tan buena que, al día siguiente, ya buscaban parcelas donde llevar a cabo el primer ensayo. En esas parcelas hicimos algo nuevo para todos: regar de varias formas que provocaban en los viñedos estrés por falta de agua. El resultado: no solo obteníamos producciones diferentes, es decir, diferentes cantidades de vino en función de cómo regábamos, sino también calidades muy diversas. La dirección de Codorníu, propietaria de Raimat, tuvo claro que no podíamos detenernos allí. Al cabo de un año, firmábamos un convenio que quedaría abierto hasta que alguna de las partes renunciara a él. Pasados 25 años, aquí seguimos. Somos la Unidad mixta IRTA-Codorníu.
¿Podríamos decir que trabajáis en el riego de precisión?
Más bien, en la agricultura de precisión, porque no solo nos focalizamos en el riego. Nos fijamos en el estado hídrico de la planta.
¿Qué significa esto?
El estado hídrico de la planta no lo condiciona únicamente el riego, sino también la forma en que cultivas la tierra para que retenga más o menos agua, o si dejas más o menos uvas en la planta: si tiene menos uvas, necesitará menos agua.

Y aprendisteis tanto, que Codorníu asesora a otros productores. Todo un ejemplo de innovación.
A través de una empresa que crearon, llamada Agropixel, ayudan a otros productores a programar el riego, y también en el ámbito de la teledetección, es decir, la detección por satélite, que nos permite medir de forma íntegra y continuada el estado hídrico de las plantas. Son muchos años de experiencia y aprendizaje. Las personas que lideraban Codorníu fueron muy importantes.
¿En qué sentido?
Desde el principio, estuvieron muy involucradas en nuestros experimentos, pero no quisieron copiar nuestros proyectos de investigación. Es decir, entendieron los motivos y los resultados, y buscaron la forma de aplicarlo a casos concretos. Y esto no es habitual: la gente busca que le digan cómo solucionar problemas, y listos.
Una de las claves es controlar el riego, pero, tradicionalmente, en Cataluña el cultivo de viñedos ha sido de secano…
Lo que hemos estado haciendo en Raimat sirve para Cataluña y para todo el mundo. Hasta hace unos años, regar los viñedos era un pecado. Con la sequía, se ha visto que no.
Con el cambio climático, el sector vitivinícola catalán está sufriendo…
En la Terra Alta consiguen una excelente garnacha blanca porque han aprendido a regar, y una de las fuentes de inspiración ha sido el trabajo realizado en Raimat, donde regábamos porque aquello es un secarral. En el Penedès, cuando vieron que con la sequía perdían no solo la producción, sino también la calidad del vino, dijeron: debemos regar. El buen vino se hace si riegas cuando se tiene que regar. Si naturalmente estás en una zona donde llueve cuando tiene que llover, no es necesario que riegues. Era el caso de los vinos franceses. Les hablabas de regar y lo veían como un sacrilegio. Con el cambio climático, en Burdeos, o en Carcasona, ya están regando, y sabemos que han revisado nuestras publicaciones científicas.
¿Qué será importante, para que el sector del viñedo sea resiliente, en Cataluña?
Asegurar que tienen agua cuando la necesitan. Hace dos años, era una temeridad decir esto por la sequía. Ahora es una temeridad decirlo por el exceso de lluvias que hemos tenido. Pero la realidad es que el cambio climático nos enseña que hoy tenemos agua y mañana no. Por tanto, debemos conocer el estado hídrico ideal de la planta en cada momento, y tener la capacidad de aportarle agua si la necesita.
También se habla del uso del agua regenerada.
Si no tienes agua natural, debes buscar otras fuentes. Pero el agua regenerada puede tener un contenido elevado de sales, lo que, a la larga, puede dañar la viabilidad del cultivo. En el IRTA tenemos varios equipos investigándolo.
En el ámbito internacional, eres todo un referente científico en el riego deficitario de cultivos leñosos. ¿En qué consiste?
Tradicionalmente, todos los cultivos se han regado pensando en cuánta agua son capaces de utilizar. Se asumía que era lo mejor. Pero ha ido ocurriendo que el agua que en teoría necesitan los cultivos no corresponde a la disponibilidad que tenemos. Por tanto, debemos poder concretar más cuánta agua darles en cada momento de su ciclo.

¿Para gastar solo la necesaria?
Es necesario conocer la sensibilidad de cada cultivo a la falta de agua. Así puedes aplicarle el riego deficitario controlado: aportar menos agua de la que el cultivo en principio necesita en determinados momentos. Empezamos a hacerlo con el melocotón y después se ha aplicado a muchos más cultivos. En el caso del viñedo, el riego deficitario controlado, sobre todo en variedades de vino tinto, mejora mucho la calidad.
¿Que llueva mucho es un problema?
Existen producciones, como la de cereza temprana, que se cubren para evitar las lluvias, pero esto tiene un coste muy elevado. En cualquier caso, para la mayoría de cultivos, las últimas lluvias han sido muy buenas. Pero, si ahora dejara de llover por completo, para los viñedos sería desastroso. Necesitamos que vaya lloviendo a lo largo del año.
En el IRTA fundaste el programa de Uso eficiente del agua en agricultura, que lideraste entre 2010 y 2015.
Nuestro grupo de riego nació en el centro IRTA Mas Bové a mediados de los años ochenta. Después, nos desplazamos a Lleida. Y el actual programa de Uso eficiente del agua en agricultura, que antes tenía otros nombres, data de 1994. Por tanto, durante 21 años asumí esta responsabilidad y honor.

Se calcula que cada persona de Cataluña necesita que se usen 3.500 litros de agua al día para proveerla de alimentos.
Es una media europea. Esa agua, que hace referencia al sector primario, no se destruye. Mucha, se evapora, vuelve a la atmósfera, y después llueve de nuevo. Pero necesitamos mover mucha agua y debemos ser conscientes de ello. Hay productos que requieren menos agua: producir una manzana puede costar menos de 70 litros y, por el contrario, producir un bistec de ternera, que es la carne hídricamente más cara, puede costar unos 4.000 litros. Todo lo que comemos tiene un coste hídrico, y debemos tenerlo presente a la hora de comer, a la hora de no desperdiciar los alimentos, y a la hora de entender que se necesitan determinadas infraestructuras hídricas para proveer a los productores.
¿Infraestructuras como trasvases?
También. Las principales instituciones internacionales explican que, con el cambio climático, corremos el riesgo de no poder abastecer alimentos a todo el mundo. No es un problema banal. Y no se trata solamente de disponer de agua, sino de saber utilizarla de la mejor forma.
Por ejemplo, ¿el agua que ha caído recientemente en Cataluña y en España se podría aprovechar mejor?
Sí, con mayor capacidad de embalse, sea con pantanos o con otros sistemas. El cambio climático nos trae más sequías y más intensas, pero también más inundaciones. Debemos pensar cómo almacenar el agua cuando llueve tanto, y guardarla para cuando vengan las sequías. Es necesaria una visión conjunta de lo que debemos hacer respecto del agua.
Situémonos en la sequía de 2023. Con los expertos del IRTA Jaume Casadesús y Francesc Camps, formaste parte de la Mesa de la sequía que promovió el gobierno catalán. ¿Cómo fue la experiencia?
Fue buena. Cuando la situación aprieta, todo el mundo está dispuesto a colaborar.
Tus compañeros cuentan que llevaba dos décadas avisando de que la sequía podía poner contra las cuerdas al sector agroalimentario, pero que nadie te había hecho demasiado caso.
Y no estoy seguro de que nos estemos preparando lo suficiente para la próxima sequía, que puede ser peor. Es ahora cuando deberíamos hacerlo: modernizar los regadíos, mejorar la forma en que regamos, y trabajar para tener tecnologías disponibles. Prevemos que, con el cambio climático, los secanos sufrirán mucho. Si no se desarrollan infraestructuras adecuadas de riego, las zonas de secano del litoral catalán pueden llegar a desaparecer. El Penedès y el Priorat son ejemplos.
Cuántos cambios, en menos de medio siglo. Tú estás en el IRTA desde antes de que fuera el IRTA.
Sí. Cuando empecé, era el Servicio de Investigación Agraria, que fue una de las primeras transferencias que pasaron de España a las autonomías a finales de los años setenta. Uno de los centros estaba en Cabrils, y a principios de los ochenta convocaron unas oposiciones, a las que me presenté. Entonces no existían las categorías de personal investigador tal y como hoy las conocemos. Me dijeron que, en vez de trabajar en Cabrils, podía estar en el centro de Mas Bové, en Constantí, donde había empezado a investigar a través de una beca que me habían concedido. Empecé a trabajar en el avellano. Un día, nos explicaron que estaban pensando en una nueva configuración del Servicio de Investigación Agraria, y que se llamaría IRTA. Pensé que el nombre era horroroso [se ríe]. Poco a poco, fuimos ganando agilidad, integrando centros y poniendo la investigación como primera prioridad.
Primero te titulaste como ingeniero técnico agrícola, después como superior, y más tarde te doctoraste. ¿De dónde procedía tu interés por la agronomía y por el riego?
Yo tenía que ser ingeniero electrónico, como mi padre. Pero tenía parientes que eran campesinos, que trabajaban el campo, y me gustaba lo que hacían. En la carrera, uno de los profesores que más me marcó fue el de Hidráulica agrícola, pero su mirada era más mecánica que alimentaria. Al finalizar la carrera, hice el servicio militar y, justo al terminarlo, me llamaron de una empresa de riego para que fuera a trabajar con ellos. Estuve dos años. Pero el trabajo de montar sistemas de riego era muy repetitivo para mí. Entonces, salió una beca de Caixa Barcelona, opté a ella, y me la concedieron. Pasé a cobrar una tercera parte del sueldo que tenía en aquella empresa… y, al cabo de un tiempo, pude realizar una estancia de dos años y un máster en los Estados Unidos, lo que me marcó mucho.
Justamente, las relaciones entre el IRTA y la Universidad de California, Davis, donde tú estuviste, se han mantenido y consolidado a lo largo del tiempo. ¿Qué papel has tenido en ello?
Cuando llegué a la Universidad de California ya se había iniciado una declaración de amistad con Cataluña, unos convenios promovidos por el gobierno de Jordi Pujol. Durante mi estancia en California, junto a mi pareja, Mercè Mata, también profesional del IRTA, tejimos muchos vínculos en la universidad, y cuando volvimos, creamos unos grupos de trabajo que fueron muy dinámicos, que han sido la base de una buena productividad científica. Todos los doctorandos del programa de Uso eficiente del agua en agricultura del IRTA han pasado en algún momento por la Universidad de California, Davis. En todo ese tiempo, la colaboración se ha focalizado mucho en el tema del riego. En septiembre hicimos allí una visita junto al director general del IRTA, Josep Usall, y al consejero de Agricultura de la Generalitat, Òscar Ordeig, y se habló de ampliar la colaboración en más ámbitos, como la salud global o la digitalización. En mayo, ellos vendrán aquí.

¿Qué es lo más interesante, hoy en día, de ese vínculo?
La capacidad de colaborar, discutir y contrastar puntos de vista con colegas de otra parte del planeta. En el mundo de la investigación, es muy importante tener contactos en todo el mundo, especialmente con la gente que está a la cabeza. En el momento en el que tienes un problema en tu país, los contactos internacionales que hayan tenido problemas similares te compartirán con generosidad cómo lo afrontaron y resolvieron. Realizar investigación de nivel y tener una red internacional es muy importante en nuestro ámbito.
Hablando de hacer red: desde 2019 eres el delegado institucional del IRTA en las Tierras de Lleida y en el Pirineo. Estar en contacto con el territorio y el sector es importante para llevar a cabo la investigación tan aplicada que quiere hacer el IRTA, ¿verdad?
La filosofía del IRTA es investigar para solucionar problemas. Esto solo puede hacerse en estrecha relación con el territorio, es decir, con quien sufre los problemas. La labor de delegado institucional tiene mucho que ver con la relación con el territorio y las instituciones. Y el objetivo es que sean conscientes del valor que el IRTA aporta.
También has pasado por una etapa política. En los siete últimos meses del gobierno de Artur Mas, hasta que Carles Puigdemont fue nombrado presidente de la Generalidad de Cataluña, fuiste director general de Alimentación, calidad e industria agroalimentaria del Departamento de Agricultura.
Hice muchas cosas en siete meses. Fue un máster, que me sirvió para tener una visión más integral de lo que ocurre en Cataluña. Entré por mi vínculo con el que fue consejero de ese momento, Jordi Ciuraneta. Teníamos que estar tres meses, hasta las elecciones del 27 de septiembre. Pero el trabajo se prolongó un poco más. Estoy satisfecho de haber formado parte de la dirección general cuando se pusieron en marcha los llamados Grupos Operativos.
También dirigiste durante unos años la Fundación UdL-IRTA.
La colaboración entre la Universidad de Lleida (UdL) y el IRTA era una realidad, con sus problemas pero con muy buenas expectativas, y tanto la dirección del IRTA como los responsables de la UdL creyeron que una fundación que facilitara las relaciones entre ambas instituciones sería positiva para esta visión de colaboración. Al cabo de pocos años, se vio que la idea de la fundación no era la más adecuada y se creó Agrotecnio, del que fui el director fundacional.
Una de las cosas que destacan tus compañeros es tu entusiasmo, siempre.
En ocasiones puede ser un defecto, porque cuesta decir que no a las propuestas.
Asimismo, has tenido muy buenos colaboradores en tus equipos.
Sí. En cualquier grupo de investigación es importante disponer de gente brillante y de gente que te ayude impulsar los proyectos. Debería citar a muchísima gente que ha pasado por el grupo de investigación que he liderado. En general, resaltaría tres aspectos: entusiasmo por el trabajo; capacidad o genialidad para desarrollarlo, y responsabilidad para realizarlo. Y creo que hay dos personas que han marcado definitivamente la esencia del grupo: Jordi Marsal y Mercè Mata. Mercè llevó siempre la organización operativa del grupo y veló para que las cosas salieran adelante. Como hoy dicen los emprendedores: si las cosas no pasan, haz que pasen. Esto hizo Mercè. Jordi, que desgraciadamente traspasó hace unos años, fue nuestro científico de referencia, reconocido internacionalmente como una persona de un gran potencial científico. Aportó mucha categoría a nuestro grupo.
En pocos meses te jubilarás. ¿Qué ha sido lo mejor y lo más difícil de trabajar en el IRTA todos estos años?
Lo mejor, trabajar en lo que me gusta. Nunca me he aburrido. Me ha gustado mucho investigar. Hacerlo en el campo y con la gente del campo. Lo he disfrutado muchísimo. Lo difícil: el exceso de papeles que la sociedad europea nos impone. Una sociedad en la que, de entrada, debemos demostrar que no somos corruptos en cada cosa que hacemos. Esto, en el ámbito de la investigación, es agotador.
Desde tu mirada experta, ¿hacia dónde debe ir el IRTA del futuro?
Para mí, el IRTA, sobre todo, es un instituto de investigación. La investigación debe estar siempre en lo más alto. Y debe estar bien financiada. Actualmente, el IRTA se financia en parte por la administración pública, y en parte gracias a la iniciativa de los investigadores y de todo el equipo, que optamos a convocatorias competitivas y realizamos contratos con empresas y entidades. Para mí, la sociedad y las instituciones deberían valorar aún más nuestro trabajo y aportarle más recursos. Al igual que es importantísimo que Cataluña disponga de una investigación de alto nivel en el ámbito biomédico, también lo es en el ámbito agroalimentario, y esta es la investigación que debe hacer el IRTA. Comemos tres veces todos los días. ¿De dónde vienen estos alimentos? ¿Nos aseguramos que los tendremos en un futuro, por medio de empresas viables y rentables? Para ello, necesitamos investigación.
Cataluña no llega al 50% de autosuficiencia, el relevo generacional en el sector agroalimentario está en cuestión, estamos viviendo varias crisis en el ámbito de la sanidad animal y los campesinos temen el acuerdo Mercosur. ¿Podemos ser optimistas?
Los productores, los campesinos, son empresarios. A menudo, la palabra campesino se utiliza de forma peyorativa: es un grave error. Son un eslabón imprescindible de la cadena alimentaria. Estas personas no deben desaparecer, son las que gestionan el territorio. Los productores muy pequeños quizás lo tienen más difícil, pero los productores medios forman una red importante y dan vida a mucha gente. Tienen que poder existir, poner precios justos, disponer de tecnología y conocimiento, construir empresas rentables, y tener bienestar. Y aquí es donde el IRTA debe estar.
Muchas gracias.