
Con más de 25 años de experiencia, el IRTA-CReSA se ha consolidado como un centro de referencia europeo en bioseguridad e investigación en sanidad animal. Hoy conversamos con Natàlia Majó, jefa del programa de Sanidad animal, para conocer de primera mano cómo se trabaja en un equipo tan especializado, cuáles son los principales retos en salud animal y cómo la investigación que desarrollan en el IRTA-CReSA contribuye a proteger la salud de los animales, de las personas y de los ecosistemas.
¿Cómo ha conseguido el IRTA-CReSA convertirse en un referente europeo en bioseguridad y biocontención?
El IRTA-CReSA nació hace más de 25 años con una misión muy clara: dar respuesta a los principales desafíos del sector agroalimentario, especialmente en el ámbito de la sanidad de los animales de producción. Desde el primer momento hemos apostado por combinar investigación de alto nivel con una orientación muy práctica, pensada para aportar soluciones reales.
A lo largo de los años, esta manera de trabajar nos ha permitido construir una experiencia especializada en enfermedades infecciosas de alto impacto, gracias al compromiso y la capacidad técnica de un equipo altamente cualificado, acostumbrado a trabajar en contextos de máxima exigencia en bioseguridad y biocontención.
Este recorrido hizo posible que en 2017 nos convirtiéramos en el primer centro del Estado español en colaborar con la Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) en el ámbito de las enfermedades porcinas emergentes y reemergentes, así como en laboratorio de referencia de la OMSA para la peste porcina clásica.
Además, el reconocimiento como Infraestructura Científica y Técnica Singular por parte del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades refleja una trayectoria sostenida en el tiempo, basada en la excelencia científica, la colaboración internacional y la confianza que han depositado en nosotros instituciones y organismos de referencia.
¿Qué papel desempeña el programa de Sanidad animal y cómo es un día habitual en el equipo?
El programa de Sanidad animal es el núcleo de la actividad que desarrollamos en el IRTA-CReSA. Es desde aquí donde abordamos la investigación y el desarrollo de herramientas para prevenir, detectar y controlar enfermedades animales de alto impacto, muchas de las cuales tienen una clara dimensión de salud pública.
El hecho de disponer de unas instalaciones de bioseguridad únicas en Cataluña nos permite trabajar con patógenos como el virus de la peste porcina clásica y africana, la gripe aviar o coronavirus zoonóticos, así como avanzar en el estudio de enfermedades transmitidas por vectores, como los mosquitos. Pero el valor diferencial no es solo el equipamiento, sino un equipo humano altamente cualificado y con muchos años de experiencia en el trabajo en biocontención.
Nuestro día a día es muy dinámico y combina trabajo experimental en condiciones de máxima bioseguridad, análisis de datos, desarrollo de modelos y una coordinación constante entre perfiles muy especializados. En el IRTA-CReSA trabajamos cerca de 150 personas, y aproximadamente la mitad desarrollan su actividad habitualmente en instalaciones de bioseguridad de nivel 3, lo que requiere una preparación técnica muy elevada, con altos estándares de calidad y una gran cultura de trabajo en equipo.
¿Qué principales retos existen en sanidad animal dentro de este escenario de salud global?
Hoy en día, la sanidad animal no puede entenderse de forma aislada. Vivimos en un contexto globalizado en el que la salud de los animales, la de las personas y la del medio ambiente están estrechamente conectadas, y eso nos obliga a trabajar con una mirada integradora, bajo el concepto de “Una sola salud”.
En este escenario, a los retos clásicos de la sanidad animal se han sumado nuevos desafíos con un claro impacto en la salud pública. Trabajamos con enfermedades de elevada relevancia para el sector ganadero, como la peste porcina africana y clásica, la gripe aviar o la tuberculosis animal, pero también con patógenos zoonóticos que pueden afectar a las personas.
Esto implica estudiar virus como el SARS-CoV-2, el virus del Nilo Occidental o diferentes arbovirus, abordando aspectos clave como la patogénesis, la transmisión, el desarrollo de vacunas, los tratamientos y las herramientas de diagnóstico, tanto con modelos in vitro como in vivo. El objetivo final es generar conocimiento útil que permita anticipar riesgos y mejorar la capacidad de respuesta ante nuevas amenazas sanitarias.
Al mismo tiempo, otro reto fundamental es avanzar hacia modelos de investigación más responsables. En este sentido, en el IRTA-CReSA estamos impulsando el desarrollo de un biobanco de organoides, réplicas de órganos creadas a partir de células madre, que nos permite reducir el uso de animales de experimentación y disponer de nuevos modelos para estudiar patógenos emergentes o testar nuevos fármacos de manera más eficiente.
¿Cómo se trabaja desde el IRTA-CReSA para detectar, analizar y contener posibles brotes de enfermedades animales?
Nuestra investigación combina diferentes formas de trabajo para entender mejor cómo se comportan los patógenos y cómo pueden controlarse. En el laboratorio realizamos estudios en condiciones de máxima bioseguridad, utilizando sistemas celulares y también organoides, que son réplicas de órganos creadas a partir de células madre.
Al mismo tiempo, estudiamos los vectores que pueden transmitir estos patógenos, un ámbito cada vez más relevante en el contexto del cambio climático. En este sentido, contamos con un insectario con cámaras climáticas dentro de la instalación de alta biocontención, una infraestructura casi única en el Estado, que nos permite analizar cómo mosquitos o garrapatas infectados responden a los cambios de temperatura.
Por último, los estudios in vivo siguen siendo clave para comprender la transmisión de los patógenos, la respuesta inmunitaria y la eficacia de vacunas y tratamientos.

¿Cuál es la importancia de los protocolos, la bioseguridad y el cumplimiento estricto de los procedimientos en este tipo de investigaciones?
La bioseguridad es la base de todo lo que hacemos. Trabajar con estos patógenos solo es posible si lo hacemos con las máximas garantías, tanto para proteger a las personas que trabajan en ello como el entorno que nos rodea.
Por ello, las instalaciones del IRTA-CReSA cuentan con sistemas de bioseguridad y biocontención reconocidos internacionalmente, pero tan importante como la infraestructura es el equipo humano. La formación continua y el cumplimiento riguroso de los protocolos forman parte de nuestro día a día y son esenciales para garantizar que la investigación se desarrolle con total seguridad.
¿En qué consistirá la ampliación prevista del IRTA-CReSA?
La ampliación del centro nos permitirá reforzar de manera muy significativa nuestra capacidad de investigación en alta bioseguridad. Incorporaremos nuevos laboratorios de nivel 3, un insectario único en Cataluña, y espacios específicos para trabajar con animales de experimentación.
Este crecimiento no solo nos proporciona más espacio, sino que amplía la capacidad para que equipos del IRTA y de otros centros de investigación, tanto de Cataluña como internacionales, puedan trabajar con nosotros de manera segura con patógenos de alta complejidad. En un contexto marcado por la experiencia de la COVID-19 y la expansión de vectores asociada a la globalización, la necesidad de este tipo de instalaciones es hoy mayor que nunca.
¿Qué valor aporta el IRTA-CReSA y cómo benefician a la sociedad este tipo de centros? ¿Cuál es su contribución científica y qué retos u oportunidades se prevén de cara al futuro?
El valor del IRTA-CReSA es que nos permite anticiparnos a los riesgos y dar respuesta a amenazas sanitarias que pueden tener un impacto directo en la seguridad alimentaria, en el sector agroalimentario y, en última instancia, en la salud de las personas y del medio ambiente.
Nuestra contribución científica se basa en generar conocimiento útil, riguroso y aplicable, que ayude a tomar mejores decisiones y a reforzar la capacidad de respuesta ante crisis sanitarias. En un contexto marcado por el cambio climático y la globalización, continuar ampliando las capacidades de investigación no es solo una oportunidad, sino una necesidad para proteger a la sociedad y al tejido productivo de cara al futuro.