
¿Cómo llegaste a la acuicultura y, de ahí, al IRTA La Ràpita?
Descubrí la acuicultura durante las estancias del máster, en Francia, y me fui a Montpellier a hacer una capacitación especializada. Después busqué un laboratorio donde hacer prácticas que pudieran llevar a un doctorado, y así llegué al jefe del programa de Acuicultura, Enric Gisbert, en el IRTA La Ràpita, que tenía un proyecto iniciado. Las prácticas duraron seis meses y el ensayo que hice entonces me sirvió para la tesis.
La tesis trataba del lenguado senegalés. ¿Qué problema intentabais resolver?
En las piscifactorías, una parte de los lenguados salen deformes: tienen la columna torcida o despigmentaciones, manchas blancas. No se pueden vender y para las empresas es una pérdida directa. Las causas son varias, y una es la nutrición en las primeras etapas de vida. Me centré en el periodo larvario, tanto en la parte aplicada, como elegir enriquecedores para las presas vivas (el primer alimento de las larvas), como en la básica: las rutas de genes implicadas en la deformación y la despigmentación, y cómo se absorben los lípidos en el tubo digestivo.
¿Qué es lo que más te marcó de tu etapa en el IRTA?
Las bases de mi formación las tuve allí. Solo de la tesis saqué 14 artículos, hice estancias en otros laboratorios de Europa y aprendí todo el recorrido: cultivo larvario, bioquímica, histología, biología molecular y, al final, redactar y presentar los resultados. Los técnicos y las técnicas fueron una ayuda enorme, y con Enric creamos una buena dinámica de equipo.
Después de la tesis cruzaste el Atlántico. ¿Cómo fue la adaptación?
En 2016 llegué como investigadora posdoctoral al Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD). Cambié el lenguado por el camarón y entré en genómica, un campo mucho más amplio. Después tuve una plaza en la UNAM para empezar una nueva línea de investigación. Pero no había laboratorio ni instalaciones de trabajo; se tenía que construir todo de cero y yo me tuve que encargar de gestionar la llegada de los equipos y situarlos de la mejor manera en el espacio, donde poner las salidas de aire… Para ver resultados, era una posición donde debías estar 10 años o más, Me surgieron otras oportunidades cerca de mi familia y decidí aprovecharlas.
La acuaponía combina el cultivo de peces y de plantas en un mismo circuito: los residuos de los peces, transformados por bacterias, nutren a las plantas. ¿Cómo la llevasteis a una comunidad?
En Nayarit la agricultura es muy tradicional y usa muchos agroquímicos, y en otras zonas del país es difícil acceder a fruta y verdura. Queríamos reconectar a quien produce el alimento con quien lo consume. Instalamos un módulo acuapónico en una escuela de niños pequeños, con las familias y los maestros implicados. Los niños alimentaban a los peces, los medían, y las hortalizas acababan en el desayunador escolar. Lo que más notamos fue el cambio en la educación: se interesaron mucho. Al terminar la financiación no pudimos darle continuidad.
¿Tiene este tipo de trabajo el mismo reconocimiento en el mundo académico?
No. Cuentan los artículos y los estudiantes, y muy poco la transferencia social. Pero creo que parte del trabajo de un investigador es que lo que desarrolla llegue a la sociedad, y quiero mantener esa línea en mi centro actual.
En el CICESE retomas la ciencia básica. ¿Qué líneas tienes abiertas?
Los sistemas acuícolas sostenibles: reciclar los nutrientes que generan y aprovecharlos para cultivar plantas. Con tres estudiantes trabajamos en recuperar fósforo de los lodos del cultivo de tilapia para cultivar fresa, en fusionar el biofloc (una técnica de cultivo basada en bacterias y microorganismos) con la acuaponía, y en medir cuánto nitrógeno liberan los peces y si basta para alimentar a las plantas.
Y con el propio IRTA tenéis un proyecto internacional en marcha.
Sí, con el IRTA como colaborador externo. El reto es facilitar el manejo de estos sistemas en comunidades, donde hay que vigilar temperatura, pH, nitritos y nitratos con equipos sencillos y de bajo consumo. Para eso se ha desarrollado AQUAbox, un sistema de monitorización que permitirá comparar sistemas en distintos centros aunque las condiciones ambientales sean diferentes. El IRTA ya lo tiene en La Ràpita.
También has dado clases y diriges estudiantes. ¿Qué te ha aportado?
Di clases durante un año en una universidad politécnica de Nayarit, en inglés y en español, y aprendí a planificar, a evaluar y a explicar conceptos difíciles con analogías. Con los estudiantes de posgrado, lo que más hago es ayudarles a ordenar el proyecto: formular la pregunta científica y la hipótesis. A menudo llegan con ideas técnicas que, a escala científica, no tienen fundamento todavía.
¿Qué consejo darías a quien termina el doctorado?
La experiencia en el extranjero es muy valiosa: cuando hay menos de todo, aprendes a resolver, y el trabajo de un investigador es resolver problemas cada día. También hay que saber que la carrera académica es en buena parte gestión: escribir proyectos, administrar recursos y justificarlos. Vale la pena comprobar si te gusta antes de decidir. Y aprovecha los congresos para hacer contactos y preparar solicitudes posdoctorales con laboratorios que te interesen.